Prólogo.
Ya era septiembre. Aquello significaba que comenzaban las clases de nuevo y tendría que volver a aquel infierno al que todos llamaban instituto.
Cuando se terminaba el verano y tocaba cumplir yendo a estudiar, él siempre se sentía enjaulado. Como si le agarrasen lo más fuerte posible, estrujándole y metiéndole en una jaula hasta el verano siguiente. Lo que aún no sabía era que este año sería diferente.
El despertador sonó a las 7.00 de la mañana pero solo alcanzó a lanzar el aparato al otro lado de la habitación de una patada y entre gruñidos malhumorados, volver a acoplarse para seguir durmiendo.
––¡Llego tarde! ––Dijo mirando el reloj que llevaba en la muñeca derecha y levantándose al mismo tiempo––. Siempre me pasa lo mismo el primer día de clase, maldita sea…
Se vistió a toda prisa, cayéndose al suelo un par de veces. No paraba de correr por la casa, escurriéndose y tropezando con todo lo que se encontraba a su paso, hasta llegar a la cocina. Cogió una manzana del bol de la fruta para comérsela por el camino y se miró en el espejo de la entrada. No podía evitar mirarse siempre que iba a salir y observar su cabello negro azabache. Tenía mechones ondulados que le caían a ambos lados del rostro, enmarcando su la cara.
––Ya tengo el pelo muy largo… ––Dijo mientras se lo colocaba detrás de las orejas.
Le llegaba ya a la altura de la mandíbula. Pronto tendría que ir a retocárselo un poco o no vería nada. Se entretenía peinándose y observándose la oreja izquierda para ver si le faltaba algún pendiente de los tres aros plateados que llevaba. Era un poco despistado y torpe, así que siempre acababa perdiendo alguno de los pendientes y no tenía ganas de escuchar a su madre de nuevo, regañandole, por tener que gastarse el poco dinero que ganaba para comprar cosas que se supone, tendría que cuidar.
Llegó a clase una hora tarde y tuvo que quedarse fuera a esperar que le abriesen la puerta. Mientras esperaba se dedicaba a entretenerse mirando pasar a la gente desde un banco. De reojo, vio una figura que se sentaba a su lado mientras le decía:
––¿Tú también eres de los que llegan siempre tarde el primer día?
––La verdad es que es la primera vez que llego una hora tarde ––Hizo una pausa para mirar al otro a los ojos y continuó hablando ––. Siempre me retraso unos diez o quince minutos.
El otro sonrió.
Joel Vázquez se llamaba aquel chico que decidió acercarse a él. Estuvieron hablando todo el tiempo hasta que entraron a clase. Al despedirse intercambiaron número de teléfono y e-mail. Desde aquel momento supieron que serían grandes amigos ya que tenían muchas cosas en común. Y así fue como pasaban los días juntos. Siempre quedaban después de clase y se pasaban horas jugando a juegos de mesa, a la consola o viendo series como si no hubiese un mañana. Pero pasaron los meses, casi un año y todo cambió. Su relación empezó a tambalearse cuando a Joel le empezaron a acosar y a dar palizas cada vez que salía del instituto.
Ese día fue diferente. Tan diferente que no podría olvidarlo jamás.
Se encontró a su amigo en el suelo, con la cara ensangrentada y con la mochila encima. Pero mantenía las suficientes fuerzas como para dirigirse a él con palabras hirientes.
––No puedo entenderte, de verdad que no ––Dijo mientras apartaba su mochila y lanzaba una mirada acusadora a su compañero, que acababa de llegar y se mantenía de pie, a su lado.
––No sé el que tienes que entender sobre mí. De verdad que estoy haciendo todo lo que puedo pero parece que no es suficiente ––Le dijo el otro mientras se ponía a su altura.
––Claro que no es suficiente…y lo sabes.
Cada vez sus palabras se volvían más duras. Estaban llenas de rencor y rabia. No sabía cómo ayudar a su amigo y el otro cada día le miraba con más odio y desprecio.
«Pero que es lo que quiere de mí. ¿Quiere que me pegue con ellos y me acaben enviando al hospital? ¡Y cómo leches le podría ayudar desde el hospital! No es razonable…» Pensó. Acabó quitándose la mochila y le dio una patada. Estaba realmente furioso.
Unos minutos de silencio bastaron para que se olvidase un poco del cabreo y ayudase a su amigo a levantarse.
––Vamos, levanta y te acompaño a casa ––le dijo mientras le tendía la mano.
A pesar de que le sacaba de quicio que le hablase así, siempre acababa cuidándole. Pero cada vez se merecía menos todos sus desvelos si le iba a tratar de ese modo. Su paciencia tenía un límite.
Joel le agarró la mano a regañadientes y se encaminaron hacia sus respectivas casas. Acabaron pasando toda la tarde juntos, riendo y viendo películas como de costumbre. Eso le hizo bajar la guardia y no sospechar nada de lo que iba a ocurrir esa misma noche…
No podía dormir y decidió encender el ordenador. Recibió un e-mail. Aquel correo hizo que se le congelase el alma entera. No podía pensar en otra cosa que no fuese Joel. Cuando acabó de leer todo el e-mail no pudo hacer nada más que ponerse unas playeras y salir corriendo de casa con unos pantalones de chándal y una camiseta de manga corta vieja que usaba para dormir.
Corría por las calles con lágrimas en los ojos, intentando llegar lo antes posible al único lugar donde podría estar su amigo. Se decía a sí mismo una y otra vez que no era posible, que ese dichoso e-mail era una broma de mal gusto o un intento desesperado por llamar su atención.
Llegó a una cabaña, se frotó los ojos. Ya no lloraba pero tenía el corazón en un puño. La cabaña de madera que se encontraba a las afueras, allí se solía reunir con Joel casi todos los días y se pasaban las tardes juntos haciendo cualquier cosa. El cobertizo era de la familia de su amigo. Sus padres pensaron que al ser adolescente, le vendría bien tener un poco de espacio y le cedieron la cabaña que construyó su abuelo muchos años atrás.
La puerta se encontraba entreabierta, se aproximó a ella y cuando quiso recordar ya había atravesado el umbral. Alcanzó a ver una silueta a la luz de una vela, de espaldas a él.
––No te acerques más ––Dijo aquel sujeto sin cambiar su posición.
––¿Por qué me enviaste ese e-mail? ––Soltó a bocajarro. Notaba que le empezaban a fallar las piernas, pero se quedó ahí plantado, esperando una respuesta rápida.
––Solo quería despedirme. No pensaba que me fueses a encontrar y presenciar algo como lo que…
––Su voz se desquebrajó. Continuó como pudo ––. Te quiero… ¿Lo sabías?
––Y yo también, pero ¿a qué viene esto?
––No… tú no me quieres del mismo modo. Solo soy tu mejor amigo, no creo que llegues a entender nunca cuanto te quiero. O mejor dicho…. Cuanto te amo.
Se quedó pálido. Si la habitación no hubiese estado tan oscura de seguro habría parecido no tener sangre en el cuerpo. El corazón le latía a mil por hora. «¿Acaba de decir que me ama?» Pensó. No daba crédito a lo que acababa de escuchar.
––Yo… ––No le salía la voz, estuvo un rato callado hasta que finalmente pudo continuar ––. Yo no siento lo mismo, Joel, tienes razón. Pero eres mi mejor amigo y sabes que jamás dejaría que te pasase nada.
El otro estalló a carcajadas. Acercó un cuchillo a su vientre y soltó:
––No me hagas reír, por favor ––.Se giró para que se pudiesen distinguir sus rasgos a la luz de la vela y mostrar, para estupor del otro, el cuchillo que sostenía con fuerza entre las dos manos, cerca de su vientre.
––¿De dónde sacaste ese cuchillo? ¡Suéltalo ahora mismo! –– gritó él, intentando acercarse a su amigo y arrebatarle ese cuchillo.
––¡No te acerques más!
––¿¡Pensabas suicidarte delante de mí!? –– Dijo con las lágrimas brotándole de nuevo, escurriéndose por sus mejillas. Alcanzó a ver que el otro también lloraba y añadió –– . No entiendo nada, joder.
––No puedo más. Te juro que no puedo… –– Se estaba empezando a distraer y a bajar el cuchillo mientras seguía relatando las causas que le llevaban a esa situación–– . No paran de acosarme y de pegarme, hagamos lo que hagamos todo sigue igual. Encima mis padres se están divorciando y en mi casa solo hay gritos. No tengo un solo segundo de paz.
–– Pero yo estoy aquí, somos amigos y estoy a tu lado. ¿O es que acaso, los momentos que pasas conmigo no significan nada para ti?
––¿Se puede saber qué dices? ¡Acabo de decir que te amo! No seas estúpido. Los momentos que paso contigo son lo único que me alivia pero no es suficiente. Me siento solo.
Aprovechó el descuido para acercarse, quitarle el cuchillo y colocarlo en el suelo. Le agarró la cara y le quitó las lágrimas con los pulgares para no separar las palmas de las manos de la cara de su amigo.
––Estoy aquí. No estás solo –– Le dijo mientras se fundían en un abrazo.
Se quedaron dormidos uno al lado del otro, en el suelo. Se encontraban de tal modo que pudieran mirarse a los ojos al despertar.
Joel se despertó en mitad de la noche. Se incorporó y le acarició el pelo a su amigo mientras los ojos comenzaban a inundársele de lágrimas.
––Quizá nunca llegues a perdonarme, pero es mejor así –– Dijo en susurros mientras agarraba el cuchillo.
El otro comenzó a abrir los ojos y pudo presenciar, sin poder impedirlo, como su amigo se hundía el cuchillo en el abdomen.
––¿¡Qué es lo que has hecho!? –– Solo alcanzó a gritar esas palabras. Estaba muy nervioso y se acercó a agarrar a Joel, que caía hacia atrás.
Logró agarrarle a tiempo antes de caer y presionó la herida con todas sus fuerzas pero no servía de mucho. No paraba de sangrar y a Joel apenas le quedaba tiempo. Intentó coger el teléfono para pedir ayuda pero Joel le agarró la mano y no dejó que avisara a nadie.
––Per…perdóname. E…era…el único modo –– Le dijo como pudo. Apenas tenía fuerzas para hablar.
––No era el único modo, yo…podría haberte ayudado –– Dijo entre susurros. Le costaba tanto decir esas palabras… No quería pensar que su amigo iba a morir y que ya era demasiado tarde.
––Sabes…sabes perfectamente que eso no es posible… –– Cada vez le costaba más hablar. Se le escapaba la vida.
––¡Eres un imbécil, déjame pedir ayuda! –– Dijo, con una mirada suplicante. Pero Joel no cedió y no soltó su mano.
––No… no lo hagas…ya…es tarde.
––No es tarde, me niego a creer que te vayas a morir en mis brazos…
«No puede estar pasando esto. No puede estar…» Pensó mientras seguía presionando la herida de su amigo. Todo había ocurrido muy rápido. Hacía unas pocas horas que estaban riéndose y ahora estaba presenciando la muerte de su mejor amigo. Era algo horrible que no podía acabar de creerse.
––Intenta… ser tan feliz como puedas, no dejes… de perseguir tus sueños… –– Le suplicó mientas dejaba caer su cabeza de lado. Sin vida.
––¡No…no puedes hacerme esto! –– Le gritó mientras le zarandeaba un poco para que despertase.
Pero Joel no volvió a abrir sus ojos nunca más.
Se quedó allí, aferrado al cuerpo sin vida de su mejor amigo. No pudo mover ni un solo músculo. Solo podía seguir llorando para sacar toda la angustia y la rabia que sentía por dentro. Le quemaba como si se hubiese tomado un sorbo de lava. El corazón estaba a punto de estallarle en el pecho.
«¿Por qué? Y ahora… ¿Qué hago? » Solo logró pensar esas palabras y llamar al servicio de emergencias antes de desmayarse.
A partir de ese momento su vida iba a quedar marcada por la desgracia y que aquel momento era el detonante para poner en peligro su futuro.
Mas lecturas:
El bosque de Dorian- http://elbosquededorian.blogspot.com.es/
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