Atando cabos
A eso de las 7.00 de la tarde, los tres amigos se reunieron en la famosa estatua del oso y el madroño en la plaza de Sol. Estuvieron allí unos diez minutos hasta que decidieron bajar por la cúpula que había en la plaza que daba al metro. Al llegar al anden echaron a correr, introduciéndose en el vagón justo antes de que se cerrasen las puertas tras el pitido de aviso.
―¿De verdad esperáis encontrar algo allí?―Dijo Julen mientras se sentaba en uno de los asientos que había a ambos lados del vagón.
―¿Tienes una idea mejor?―Le contestó Gara. Ella se encontraba agarrada, junto a Rayner, en una de las barras que había frente a las puertas.―Habrá que intentarlo.
El trayecto se prolongó veinte minutos más. Cuando llegaron a su destino bajaron enseguida del tren y aceleraron el paso para salir cuanto antes a la superficie. Nada más salir del metro, caminaron por la zona en busca de la biblioteca. Dieron enseguida con ella, puesto que la fachada era inconfundible. Para entrar tenías que subir más de veinte escalones. Tenía aspecto de ser bastante grande y cuando vieron el interior, se quedaron asombrados. Era casi tan grande por dentro como lo era por fuera. Aquella biblioteca tenía como una gran cúpula por donde se filtraba la luz solar. También tenía grandes ventanales que a Rayner le trajeron a la mente los de la escuela donde le habían llevado los de la orden.. A la derecha se encontraban las mesas de estudio y lectura y a la izquierda las estanterías. Tenía unas escaleras que bajaban a una especie de sótano.
―Deberíamos preguntar a la que lleva esto, quizá sepa algo del chico del carnet.―Dijo Rayner susurrando. Aquel sitio le infundía un profundo respeto.
―No creo que nos diga nada.
―¿Cómo estás tan segura?―Dijo Julen dándole golpecitos en el hombro a Gara.
Mientras Julen y Gara discutían por lo bajo, Rayner se encaminó al mostrador para hablar con una chica de pelo corto, muy joven y bastante guapa. Los otros se dieron cuenta enseguida y clavaron sus ojos en él. Estaban a una distancia lo bastante próxima como para escuchar la conversación.
―Disculpa… ¿podría hacerte una pregunta?―Le dijo Rayner, con una sonrisa deslumbrante.
―Esto… si, pregunta lo que quieras―Dijo la chica, sus mejillas se habían sonrojado levemente.
―Quizá no puedas ayudarme, pero resulta que un amigo necesita el nombre de unos libros que dejó hace unos días. Él está trabajando y me pidió que le hiciera el favor de venir a que me apuntaran el nombre de dichos libros.
―No creo que pueda darte esa información si no viene tu amigo con el carnet y los mira él...―Le dijo la chica. Estaba empezando a sentirse incómoda y Rayner lo notó.
―Entonces nada, le diré que se pase él. Gracias de todos modos.―Dijo Rayner. Se giró para marcharse por donde había venido pero regresó sobre sus pasos y miró fijamente a la chica antes de añadir:―Por cierto...eres muy guapa.
La chica había estado haciendo un esfuerzo sobrehumano para no mirar los ojos de aquel chico tan guapo, finalmente se dejó deslumbrar por él y le hizo un gesto con la mirada para que se acercara más al mostrador.
―Si me dices el nombre de tu amigo puedo decirte al menos la clase de libros que se ha llevado.
―Se llama Alex Martín.
Solo se oía a aquella chica teclear en el ordenador y su respiración acelerada. Al poco ella le tendió un papel donde ponía de qué sección procedían los libros. Le dedicó su mejor sonrisa y se acercó a los otros. Les hizo un gesto para que le siguieran.
―Esto es lo que he podido conseguir. Al final le he gustado más de lo esperado y me ha añadido el nombre de uno de los libros. Está en otra sección.―Le hizo un gesto a su compañera― ¿Puedes ir tú, Gara?
Ella le arrebató el papel de los dedos y se encaminó hacia la sección correspondiente, tuvo que bajar las escaleras. Ambos chicos se quedaron arriba, buscando entre los libros alguna pista.
―Se te veía a gusto, ¿le pediste el teléfono? ―Le reprochó Julen mientras seguía cogiendo y dejando libros.
―¿A qué viene eso?―Le soltó Rayner, su mirada tenía una mezcla de ira y decepción.
Julen no le hizo el menor caso, seguía a lo suyo hasta que Rayner le agarró por las muñecas y le colocó contra una estantería. De la fuerza que hizo Julen al chocar contra ella de espaldas, hizo caer tres o cuatro libros.
―¿Has perdido la cabeza? Nos van a llamar la atención...―Dijo Julen. La voz de éste era apenas un murmullo. No hacía más que apartar la vista para no mirar a Rayner.
―Están a lo suyo, además estamos lo suficiente apartados y no hemos levantado la voz.―Le agarró de la barbilla e hizo que le mirase―Explícame a qué vino eso, Julen. No te recordaba así.
―Y yo tampoco recordaba esa facilidad para ligar y engañar―Le reprochó Julen, éste también sonaba decepcionado.
―Es por lo que casi hacemos ayer,¿Verdad?
―No quiero volver a pasar por lo mismo. No me confundas, Rayner…
―¿Qué yo te confundo?―Dijo alzando un poco más la voz sin darse cuenta. Miró alrededor para ver si todo estaba en orden y volvió a fijar sus ojos en Julen.―Fuiste tú el primero que buscaba mis labios el día que rastreamos el dichoso móvil.
―Y tú buscaste los míos cuando te agarré la cara ayer.―El otro calló al instante. Había sido un golpe bajo.
Ambos estuvieron un rato en la misma posición, mirándose el uno al otro sin poder decir ni una sola palabra. Rayner comenzó a acercarse más a Julen. El otro podía notar como Rayner le separaba un poco las piernas para hacerse hueco y que sus cuerpos se rozaran. Aquello les hizo soltar un suspiro intenso. Julen le metió un empujón a Rayner para apartarlo y se separó de la estantería. Eso hizo caer dos libros más. Rayner se acercó de nuevo a Julen para apartarle algunos los mechones que se le habían descolocado al empujarlo. Éste le dió un manotazo.
―Ya vale, hemos venido aquí a buscar información―Dijo Julen, con gesto de profunda indignación.
―Siempre fuiste tú el que me buscaba.―Dijo Rayner, llevándose de repente la mano a la boca para ahogar una carcajada―Te da miedo que sea yo el que tome el control.
―He dicho que ya vale, Rayner. Cállate ―Le ordenó el otro mientras colocaba los libros que había tirado al suelo.
Pasaron más de quince minutos hasta que Gara se reencontró con ellos en la planta de arriba.
―Chicos ...―Dijo ella, mirándolos de arriba abajo, se podía notar la tensión con solo ver sus gestos. Cogían y dejaban los libros de mala gana. Se miraban de reojo con el ceño fruncido y si se rozaban se apartaban el uno del otro enseguida.―¿Ha pasado algo?
―No― Dijeron al unísono. Si hubieran estado armados, sin duda habrían practicado el tiro con arco con ella como diana. Decidió ignorar la hostilidad que desprendían ambos chicos y les enseñó un papel.
―Mirar esto, quizá os diga algo.
―¿Que...?―Dijo Julen, mientras leía lo que tenía escrito el papel.
Los tres salieron de la biblioteca a toda prisa. Un chico que estaba sentado detrás de una columna se levantó y se acercó a la chica del mostrador.
―Bien hecho. Todo está saliendo como lo planeé.
La chica se incorporó para mirarle y le dedicó un gesto malhumorado.
No tardaron mucho en llegar a sol. Cuando llegaron a casa de Rayner, comenzaron a coger fotografías. Estaban jadeantes por la carrera. No daban crédito a lo que estaba apuntado en aquel papel. Rayner y Julen se lanzaron a recoger una de las fotografías pero el primero fue quien se la llevó.
22 de Febrero de 2007
―¿Me puedes explicar qué coño pinta esa fecha en un libro de psicología?―Soltó Rayner, dando un golpe en la mesa.
―Rayner no te pongas así, puede ser coincidencia.―Dijo Gara, intentando que se calmase.
―No es una coincidencia que la fecha del cumpleaños de Julen esté en ese libro y mucho menos con el año en que…¡Me niego a creer que sea una coincidencia, maldita sea!―Clavó sus ojos en Julen, se acercó a él y le agarró de la camiseta para zarandearle con violencia.―¿De qué coño vas?
―¡Yo no tengo nada que ver con eso!―Dijo Julen intentando zafarse de él.
―Entonces qué tiene que ver con todo esto, porque lo único que pasó ese día fue…―Se calló para meditar las palabras y tranquilizarse un poco―Nadie más que nosotros dos sabe lo que pasó ese día.
―Rayner, cálmate...―Dijo Gara intentando que soltara a Julen.
Rayner soltó de un empujón a Julen y éste, de la inercia, se golpeó con la mesa y cayó de bruces al suelo. Rayner cogió su abrigo y se fue de la casa dando un portazo, dejando a Julen sentado en el suelo, agarrándose las piernas y a Gara con la palabra en la boca. «Necesito pensar...» se dijo para sí. Sacó el teléfono que le habían dado en la orden, buscó en la agenda el teléfono de Estévez y llamó.
―¿O’connell?―Dijo éste, con timidez.
―Hemos encontrado algo, ¿podrías venir mañana a mi casa?
―¿No es mejor que se lo digas a Monroe? Yo no…
―No―Le cortó―Ven tú, y ven solo.
Tras un largo silencio, Estévez aceptó. Colgó el teléfono y bajó hasta el palacio de Oriente. Allí se tumbó en el césped para poder aclarar sus ideas.
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