viernes, 12 de junio de 2015

Capítulo 5


Cambios



Los primeros rayos de la mañana iluminaban el cuarto. Se encontraba todavía en el suelo, en la misma postura en la que había caído la noche anterior. Seguía durmiendo. Alguien comenzó a aporrear la puerta con ímpetu, produciendo un sonido bastante molesto que hizo que se despertara de golpe. Al dormir en aquel suelo, tan duro como una tabla de madera, tenía el cuerpo molido. Se incorporó un poco, quedando sentado. Su espalda reposaba en la puerta. Alzó el brazo derecho, buscó el pomo para agarrarlo y su brazo pegó un crujido como si estuviese a punto de salirse de su sitio. Tuvo que girarse un poco para apoyar su hombro derecho en la puerta.


—¿Quieres abrir de una maldita vez, Rayner?—Retumbó una voz al otro lado de la puerta.


Rayner parpadeó varias veces, reconociendo la voz de aquel chico. Con un largo suspiro y concentrándose un poco, logró encontrar el pomo y abrir la puerta, sin variar un ápice su postura.


—Joder, ¡Rayner! Aparta y deja que entre. — Dijo el otro, empujando y a la vez introduciendo en el cuarto alguna extremidad para poder hacer hueco y caber entre el marco y la puerta.


Después de un momento pegando empujones, el chico consiguió entrar. La fuerza que producía Rayner al apoyarse, hizo que la puerta se cerrara con estrépito.


—¿De qué coño vas?—Soltó Rayner, lanzándo una mirada cargada de ira a quien había entrado en su cuarto de ese modo. El otro no se había quedado al lado de la puerta y ni siquiera se giró cuando Rayner comenzó a insultarle. Simplemente se dirigió al ventanal, y allí se quedó mirando al exterior con una sonrisa.


Rayner se levantó del suelo, caminó unos pasos y se tumbó boca arriba en la cama.


—No se que es lo que pretendes. Pero no es forma de entrar en la habitación de nadie. Aprende modales —Le reprendió desde la cama.


El otro estalló en carcajadas. Era aquel dichoso chico de pelo blanco.


—¿Me vas a enseñar tu? Ya me he enterado de la que liaste cuando te trajeron aquí. Madre mía, sigues igual que siempre.—Dijo el de pelo blanco, sacando un cigarro del bolsillo y prendiéndolo con un encendedor.


—¿Ahora fumas?


—Qué más te da.—Dijo el otro, mientras dejaba salir el humo de sus pulmones.


El chico de pelo blanco cambió completamente su semblante. Ya no se reía. Mostraba una postura tensa mientras fumaba. Estuvieron un rato en silencio. Ninguno de los dos parecía por la labor de romper el silencio.


—Nos han hecho llamar, ¿verdad?—Dijo al fin Rayner, rompiendo el silencio. El otro asintió y se sentó en la cama, dándole la espalda.


—En realidad iba a venir Estévez, pero pude convencerlo para venir a por ti en su lugar.


Ambos chicos se levantaron y se encaminaron hacia el despacho del director. Rayner tenía la sensación de que todo aquello no iba a salir bien de todos modos. No era una buena idea. Mientras recorrían los pasillos se rebuscó en los bolsillos. Hasta ese instante no había echado de menos su teléfono móvil pero no había ni rastro de él. Notó como le invadía una sensación de rabia.


Cuando llegaron al despacho, pudieron ver al director sentado en su escritorio con dos figuras a su lado. Aquellas figuras eran la Estévez y la Monroe.


—¿Dónde está mi móvil? —Soltó Rayner a bocajarro, sin saludar adecuadamente.


—Buenos días para usted también, señor O’connell. —Dijo el director, dedicándole una sonrisa.


—Quiero mi móvil, ahora—Exigió Rayner.


El director abrió lentamente uno de los cajones del lado derecho de su escritorio y sacó los dos móviles que había estado guardando. Rayner se abalanzó hacia el suyo y lo agarró con fuerza, lanzando una mirada desafiante a Monroe, que lo miraba con cara de pocos amigos. Estaba claro que no aguantaba a Rayner, ese comportamiento hacia que se le hirviera la sangre.


Rayner encendió el móvil e inspeccionó los whatsapp que tenía. Todos y cada uno de ellos eran de Gara, exceptuando dos que correspondían a Elena. Notaba como todo su cuerpo entraba en tensión al ver que Gara estaba realmente asustada por su falta de noticias. El chico del pelo blanco también había recogido su móvil, pero apenas le dio tiempo a mirar si tenia llamadas perdidas.


—Antes de que contesten a todos los mensajes y llamadas, por favor presten atención. Les vamos a dar dos teléfonos más que deben usar para hablar exclusivamente de lo relacionado con la misión. No se puede rastrear el móvil ni nada parecido, o al menos, eso es lo que me han asegurado...—dijo con un ligero reproche, mirando hacia Estévez y Monroe—. Úsenlos con cabeza.


Ambos chicos se miraron, sus ojos reflejaban curiosidad y a la vez desconcierto.


—Os haré llegar información a ese teléfono si encuentro alguna pista que les pueda ser de utilidad. Y Arnaiz, vas a quedarte en casa de Rayner hasta que acabéis la misión. El vive solo y se os hará más cómodo para que nadie sospeche. —Dijo el director, refiriéndose al chico de pelo blanco.


—No claro, no van a sospechar nada turbio de dos tíos que viven en una casa con un solo dormitorio y cama de matrimonio—Dijo Rayner, con sarcasmo.


—Pues pon dos camas—Intervino Estévez. Todos los que se encontraban en aquella sala le echaron una mirada furiosa.


Los dos chicos recogieron sus nuevos teléfonos y se encaminaron hacia la puerta.


—Una cosa más, que nadie se entere de la misión. Absolutamente nadie. Estévez os llevará a Madrid centro. Esto queda a mas de una hora. —Dijo el director con voz severa.


Ambos se giraron para escuchar mejor, pero en cuanto el director terminó de hablar, salieron de allí tan rápìdo como sus piernas les permitieron.

Permanecieron en sus respectivos cuartos hasta el mediodía. Llegaron a casa de Rayner a eso de la una y media o dos de la tarde. Mientras Arnaiz curioseaba la casa, Rayner se ponía al día con los whatsapp de Gara. «Ya me inventaré una excusa más tarde, y también tengo que explicarle que hace este aquí» Pensó, mirando de soslayo como Arnaiz removía sus CD’s.


—¿Tengo hambre, pedimos algo?—Dijo Rayner para romper el tenso ambiente. Las tripas le gruñían como si tuviese un león dentro, queriendo salir de ellas.


El otro asintió y se colocó al otro lado de la barra que separaba la cocina del salón. Aquella casa tenía ambos lados comunicados, como en las películas americanas.


—¿A quién contestabas antes con tantas ganas? ¿Acaso tienes novia?—Preguntó Arnaiz, cogiendo una de las manzana que tenía Rayner en una especie de canasto de mimbre, repleto de frutas.


—No creo que te importe, pero si tuviese novia, ¿que? ¿Tienes algún problema con eso?—Dijo Rayner sin apartar la vista de la manzana que acababa de coger Arnaiz y mordía con cuidado.


El otro hizo un gesto para dar por zanjada la conversación y sin apenas esfuerzo, pegó un salto y se sentó en el sofá. Después de comer, Rayner se fue a su cuarto para poder dormir un poco mejor que la noche anterior. Durmió hasta bien entrada la noche, cuando le despertó el roce de unas frías manos que acariciaban su espalda, llenándolo de una agradable sensación que recorría cada parte de su cuerpo. Al principio no pudo distinguir si era real o estaba soñando todavía. Esas frías manos no querían estar en un mismo punto e inquietas, se extendían por todas partes, rozando sus brazos, su cara, su pelo… Hasta que por fin comprendió lo que estaba sucediendo cuando una de esas manos acarició el hueso de su cadera. Se levantó sobresaltado y encendió la luz cómo pudo, sentía que su corazón podría estallar en su pecho en cualquier momento.


—¡Ah! ¿Qué haces?—Alcanzó a decir antes de fijarse de quien procedían todas aquellas caricias.


—¿Te he asustado? Tu fuiste quien me dio la llave para que entrase cuando quisiera—sonó la voz de Gara a su lado.


—Por dios, si. Lo siento. Te di esa llave para que entraras cuando quisieras, pero avisa antes...—Dijo Rayner. Experimentó una sensación de intenso vacío después de haber oído la voz de Gara.  


«Pero qué coño me pasa» pensó mientras volvía a tumbarse en la cama. El grito que había dado retumbó por toda la casa y eso hizo que Arnaiz fuese corriendo al cuarto y pudiese observar lo que sucedía.


—¿Que pasa...? Oh, ya veo—Dijo Arnaiz frotándose los ojos. Su rostro tenía una mueca de asombro.


—No es lo que parece... —Se excusó Rayner.


—No necesito explicaciones. Me voy al sofá de nuevo. Buenas noches.—Y se fue sin más, ni siquiera se presentó. Gara tampoco hizo ningún gesto que diese a entender que quería presentaciones. No en ese momento.


Ella fue la primera en romper el silencio que, por unos minutos, había reinado en la casa. Meditó unos segundos y dijo:


—¿Ese no era...?—Dijo Gara, encontrando la razón por la cual le sonaba aquel chico.


—Si, es él. Hace como seis años que no le veo. Imagino que tu tampoco después de lo que pasó.


—Sabes que nunca hemos sido amigos, apenas le conocía. Lo que no entiendo es que está haciendo aquí.—Dijo Gara mientras se acercaba mas a Rayner.


—Es… complicado. Ya te lo explicaré mañana. Lo que no entiendo yo es que después de decirme que no nos acostáramos más, coges y te metes en mi cama a las tantas de la madrugada. No tiene ningún sentido y estás comenzando a enfadarme.—Dijo Rayner, alejándose de ella.


—Entonces ¿quieres que me vaya?


—No quiero que estés por ahí sola a estas horas, bastante has tenido con venir hasta aquí. Pero no se te ocurra volver a hacer eso.—la miró muy serio.

Ella no dijo nada más y puso una de las almohadas que tenía Rayner entre los dos, apagaron las luces y durmieron cada uno en su lado, sin pasar los límites que habían establecido con aquel gesto.


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