lunes, 8 de junio de 2015

Capítulo 2


La carta



Caminaba hacia la salida del edificio. Había sido una mañana agotadora. Estaba deseando llegar a casa y tumbarse en la cama, cuan largo era, con los cascos puestos. No había pensado ni siquiera en comer, solo quería relajarse. Estaba acabando su contrato de prácticas y eso le reconfortaba. No quedaba nada para tener su vida atada, depender de un sueldo fijo y no de tantas becas. Le costaba llegar con mucho esfuerzo a fin de mes. El tiempo que llevaba viviendo solo por su cuenta era de un año, o eso creía. Ya no llevaba la cuenta de los meses que habían pasado. Solo recordaba el intenso abrazo que le dio a Helena antes de marcharse. Helena era una buena amiga de la familia, que había estado a su cuidado desde que sus padres murieron. Él no quería depender más de nadie. Quería hacer su vida tranquilamente. Tenía la posibilidad de trabajar en algo que le gustaba y no todo el mundo tenía esa suerte.


—¡Rayner, espera!—Dijo alguien a su espalda mientras se disponía a cruzar el umbral de la puerta hacia el exterior.


—¿Qué ocurre?


—Me preguntaba si...—El hombre que había hecho que Rayner se girase hizo un movimiento para regresar por donde había venido pero se lo pensó mejor y volvió a girarse para hablar—Me preguntaba si querrías venir a tomar algo con los demás esta tarde.


—Lo siento, esta tarde no puede ser, ya había hecho planes. Quizá en otra ocasión.


El hombre miró de arriba abajo a Rayner y, después de pedir disculpas por retrasar su salida del trabajo, se marchó. No es que tuviese planes, simplemente ese día quería dormir toda la tarde y no le había parecido correcto decírselo a su compañero. Este día en concreto, cada año desde los dieciséis, lo pasaba en casa durmiendo. Pensaba que ese era el mejor modo de combatir los demonios que le atormentaban, pero sobre todo le atacaban más fuerte cuando se acercaba la fecha. Había ido al psicólogo por petición de sus padres pero no había conseguido superar el traumático suceso que tuvo que vivir en la adolescencia. Cuando ellos murieron al año siguiente y Helena se hizo cargo de él, le obligó seguir visitando al psicólogo. Lo que no le había dicho nunca a Helena era que en cuanto cumplió los dieciocho, fue a ver al psiquiatra. Necesitaba pastillas y él no quería que ella se preocupase. Había estado llevando en secreto lo de las pastillas y ahora que vivía solo no veía conveniente mencionarlo o tendría que volver a su lado para que lo vigilase. Rayner guardaba con cariño todo lo que Helena había hecho por él, pero odiaba sentirse atado y constantemente vigilado. Necesitaba estar solo. Aunque ella le había dejado claro que si alguna vez necesitaba dinero o cualquier otra cosa, tendría que avisar o se las verían cara a cara.


«Es una mujer de mucho carácter....» Pensó mientras se le dibujaba una sonrisa en la cara.


Sin apenas darse cuenta, llegó a su portal. Se encontraba en una de las calles que desembocaban  en la plaza de Sol. En realidad aquel piso era propiedad de sus padres pero Helena estaba haciendo trámites porque al ser hijo único, había heredado la casa y era todo cuanto le quedaba de su familia. El trabajo estaba cerca de su casa, así que no tenía que coger el metro para llegar y tampoco lo usaba para moverse mucho por Madrid. No solía coger mucho el transporte público ya que se encontraba en pleno centro y todo lo que necesitaba estaba al lado.


Cuando entró, tiró las llaves en una pequeña repisa que tenía a la entrada y cerró la puerta con el pie derecho. Empezó a descalzarse y a desvestirse hasta quedar en calzoncillos. Una de las malas costumbres que había adquirido al vivir solo era la de desnudarse de esa manera nada más llegar y dejarlo todo tirado. La casa no es que estuviese especialmente colocada, era un poco caótico y para muchos era impensable que encontrase nada con ese desastre. Pero Rayner siempre tenía el mismo ritual, las cosa solían estar en el mismo sitio.
Se percató que en el suelo, junto a la puerta, había un sobre. No se había fijado cuando entró a la casa.
«¿Qué narices….?» Pensó mientras cogía el sobre. Lo que más le llamó la atención era que llevaba su nombre y que se habían tomado la molestia de pasarlo por debajo de la puerta pero… ¿Para qué?
Comenzó a abrirlo deprisa, con curiosidad, sacó la carta y leyó:


Necesitamos su ayuda, señor O’connell. Es un asunto de vital importancia. Queremos que se presente, hoy,  en la calle Fuencarral, a la altura del mercado, a las 19.30 de la tarde. Si no aparece tendremos que ir a buscarle y será peor para usted.
Fdo: LODT


Rayner estaba perplejo. Ya no solo por las exigencias con las que le reclamaban en la carta sino porque no tenía ni idea de quién era esa gente. «¿LODT? ¡que coño es LODT!» Pensó tirando la carta sobre la encimera. Para colmo tenía que aguantar que se dirigieran a él como señor O’connell.


—Señor O’connell… ¡si solo tengo veintitrés años! Parezco mi padre.—Dijo soltando una carcajada.


Sin darle más importancia estuvo un buen rato con el ordenador. Tenía correos que debía mirar pero enseguida se fue a la cama a dormir.


Tres horas más tarde sonó el móvil. Con un suspiro malhumorado,se incorporó un poco y estiró la mano para cogerlo. Ni siquiera miró de quien se trataba y se lo acercó a la oreja para escuchar.


— ¡He aprobado!—Dijo la voz entusiasmada de una mujer al otro lado de la línea.


—Enhorabuena….pero estoy fatal y me has despertado. Te dije que hoy no podías molestarme—Soltó Rayner con voz severa.


—Ey, ey… tranquilo. Solo quería compartir contigo lo feliz que me siento. Disculpe usted abuelete.—Dijo ella entre risas.


—Gara, siempre me haces igual….—Dijo Rayner incorporándose para quedarse sentado en la cama.


—Tomemos algo y merendemos. O podemos ir a una discoteca. Lo que sea pero hay que celebrarlo. No me seas soso—Insistió ella.


—No.— Empezaba a sonar bastante más borde que antes.


—Eres un capullo. Te comportas como cuando tenías diecisiete años. Siempre tengo que estar para ti aunque no me apetezca y por un solo día que te pido algo...Da igual. Yo te respetare—Dijo Gara, estaba comenzando a enfadarse.


Después de un largo silencio, Rayner aceptó la propuesta de Gara. Ella tenía toda la razón del mundo y a pesar de que rechazó salir con los del trabajo, a Gara no podía decirle que no. Ya iba siendo hora de cambiar los hábitos y comenzar a ser un adulto. Tenía veintitrés años y a veces se sentía como un chaval de quince.


Decidieron reunirse en una yogurtería cerca de la Gran Vía a eso de las 20.00 de la tarde. Estaban en Junio y empezaba a hacer calor. Allí estuvieron hablando y riendo por más de una hora. Estuvieron sentados en una de las mesas que se encontraban fuera del establecimiento, con un yogur helado cada uno.


—Ves como al final te lo estás pasando bien....—Dijo Gara mientras cogía una cucharada del yogur sin levantar la vista de éste.


—Si, la verdad es que me ha venido bastante bien.—Rayner le agarró la mano y clavó sus ojos en ella—Que haria yo sin alguien como tú.


Gara levantó la vista del yogur para mirar a Rayner. Estaba entre desconcertada y avergonzada. Él se levantó y movió su silla para posicionarse más cerca suya y susurrarle al oído:


—He salido para ver tus increíbles ojos verdes, preciosa.


—¡Buscate una novia y déjame tranquila, don Juan!—Soltó Gara en un intento por apartarse de Rayner, pero él no hizo más que acercarse más y comenzó a juguetear con uno de sus largos mechones castaños.


Gara contemplaba en silencio como Rayner jugaba con su pelo. Estaba realmente guapo cuando sonreía y no podía dejar de pensar en su parecido con aquel cantante Finlandés. No recordaba su nombre pero sí recordaba exactamente cómo era y Rayner se parecía muchísimo a él. Medía 1,80 y tenía el pelo negro y ondulado.Y sus ojos...unos ojos azul verdosos que quitaban el sentido.
En el instituto cuando se conocieron él solía llevar el cabello por la mandíbula tal y como lo llevaba ahora. Aquel chico que había conocido a los diecisiete no había cambiado nada su aspecto en seis años. Ni siquiera se había quitado los tres aros plateados que llevaba en la oreja izquierda. Solo había modificado su forma de vestir. Antes solía vestirse con vaqueros rasgados y camisetas de grupos. Ahora simplemente se vestía con camisetas sin dibujos, pantalones negros algo anchos y americanas. No llevaba otro abrigo que no fuese una americana. Adoraba sus americanas. Ella le había regalado una de las dos que tenía.


Rayner cada vez estaba más cerca. Ya había dejado de jugar con su pelo y sus gestos pedían a gritos probar sus labios.


—Huelen a frambuesa...—Dijo Rayner sin apartar la vista de los labios carnosos y embadurnados de cacao de Gara.


—Para. Por favor. Hoy no.— Dijo ella, empujando suavemente a Rayner y haciendo que le dejase espacio.


—No sé por qué seguimos haciendo esto si no estamos enamorados.


—No creo que se necesite estar enamorado para algo así. Nos atraemos y punto. —Dijo Rayner mientras se levantaba y recogía su yogur. Ya se lo había terminado y se disponía a irse. Ella también se levantó, se terminó el yogur de pie y lo arrojó a la basura en la cual Rayner había tirado el suyo.


Echaron a caminar en silencio. Subieron la calle hasta la plaza de Callao y allí estuvieron un rato para despedirse. Fue Gara la primera en romper el silencio incómodo que mantenían.


—Ya no quiero seguir con eso, Rayner. Uno de los dos va a acabar enamorándose del otro y, bueno, no quiero romper nuestra amistad.—Dijo ella, mientras le acariciaba suavemente la cara con la yema de los dedos.—Quizá deberías pasar página de una vez y dejar que alguien vuelva a entrar en tu corazón.


—No es tan sencillo. Además solo llevamos tres meses enrollados.


—Si lo es, Rayner. ¿Cuántos años han pasado?


—Demasiados…


—Hazme caso. Es mejor así. —Se apartó de él y se preparó para encaminarse hacia la boca de metro. Se dieron un abrazo y Rayner observó como Gara se alejaba para desaparecer al bajar las escaleras del metro.


Entre confuso y mareado, caminaba por las callejuelas, sin rumbo. No quería regresar a casa tan pronto. Necesitaba tomar el aire. No tardó en escuchar pasos detrás suya. Miró de reojo por si, de casualidad, alcanzaba ver a alguien y esos pasos iban en otra dirección. Comenzó a caminar más deprisa pero aquellos pasos iban al mismo ritmo que los suyos. Notaba como el corazón le latía cada vez más rápido, cortándole la respiración.


Cuando iba a girar en una esquina, chocó con un hombre encapuchado que le sacaba como una cabeza de alto. Éste, sin mediar palabra, le lanzó un puñetazo con todas sus fuerzas y Rayner se tambaleó. Enseguida recobró la compostura e intentó devolverle el puñetazo a aquel tipo pero el otro fue más rápido y le volvió a soltar otro puñetazo. Este si le hizo caer, pero antes de llegar al suelo notó como alguien le agarraba por detrás  y se lo llevaba en volandas junto al otro hombre que ya le agarraba por las piernas. Alcanzó a ver como le introducían en una furgoneta, pero no consiguió adivinar el color ya que su visión comenzaba a emborronarse del puñetazo que le habían arreado segundos antes. Después de aquello perdió totalmente la consciencia.


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