Línea temporal
Una gran sala. Allí se encontraban un grupo de cinco o seis personas, tanto hombres como mujeres, que rondaban los cuarenta, hablando tranquilamente. Vestían de azul oscuro y llevaban unos brazaletes verdes en el brazo izquierdo. Estaban a punto de recibir a nuevos alumnos. Y es que aquel sitio donde se encontraban era un gran edificio blanco de grandes ventanales y bastante antiguo, lo suficiente alejado de la civilización como para que nadie se percatara de lo que allí sucedía. Tenían que enseñarles todo lo que sabían acerca de las líneas temporales y lo peligroso que era jugar con el destino.
Comenzaron a entrar chicos y chicas que no pasaban los veintitrés años, edad con la que se entraba en la orden. Se sentaron en los bancos escalonados que había en la sala, como si estuviesen en las gradas de un circo romano.
Solo se quedó, con todos aquellos jóvenes, uno de los hombres que parloteaban tranquilamente en el grupo de los más mayores, que aguardaron a que entrasen los muchachos para salir de allí.
Estuvo un rato sin hablar, pero cuando lo hizo su voz sonaba armoniosa y serena.
––Bien. Hoy es vuestro primer día de clase. Solo me dedicaré a explicaros quienes somos y qué hacemos aquí. Tendréis muchas dudas al respecto.
Los chicos y chicas se miraban unos a otros, con cara de interrogación. Entendían un poco de qué iba aquella escuela pero nadie les había explicado exactamente qué es lo que en realidad se hacía allí.
El profesor se presentó y prosiguió relatando todo mientras los demás escuchaban atentamente.
»Somos la Orden del Tiempo. Y todos estáis aquí porque vuestros padres pertenecen o han pertenecido a esta orden. Lo que intentamos hacer aquí es proteger las líneas temporales de toda la gente de este mundo. Algunos se empiezan a jubilar y necesitamos nuevos miembros. Tendréis que entrenaros todas las tardes dos horas. También os equiparemos de armas pero solo se usan cuando son estrictamente necesarias. Hay que proteger todas y cada una de las líneas temporales. No queremos soldados, los que no sirvan para las actividades físicas serán llevados a las actividades informáticas para proteger nuestros sistemas de seguridad. Solo hay dos normas que debéis acatar por encima de todo: No mencionar la orden a nadie de vuestro entorno y no alterar vuestra propia línea temporal ni la de otra persona sin que os lo orden. Quien haga esto será expulsado de la orden y procederemos a borrar sus recuerdos relacionados con lo que haya sucedido aquí. Bien. Espero que lo hayáis entendido todo. «
Los alumnos se quedaron blancos. Uno se atrevió a levantar la mano tímidamente para preguntar:
––¿Y los que no quieran seguir en la orden desde este mismo instante?––Alcanzó a decir, le temblaba la voz.
––Los que no quieran continuar que se marchen por esa puerta ahora mismo. ––Dijo señalando la puerta que no se encontraba muy lejos su mesa. Era casi tan grande de ancha como los ventanales.
Reinó el silencio.
Tres valientes, un chico y dos chicas, decidieron levantarse e irse por donde habían venido. El profesor simplemente se sentó en la mesa, observando cómo se marchaban con paso ligero.
––¿Alguien más?
Nadie hizo un solo gesto, apenas respiraban de la autoridad que desprendía aquel hombre canoso y ojos negros.
Los siguientes quince minutos transcurrieron volando. El profesor repartió unos cuestionarios y se disponía a sentarse en su mesa de nuevo cuando irrumpieron en la sala, de muy malos modos y con prisas, dos hombres. Uno de ellos era de los que habían entrado en la orden hace relativamente poco. Tendría unos veinticinco años. Lo sabía por el brazalete naranja que llevaba. Acompañaba al otro que era de la misma edad que el profesor y con el que había estado hablando antes de que los alumnos llegasen,
––Tenemos que hablar–– Le soltó el más mayor susurrando.
––Algo grave tiene que haber pasado para que interrumpas mi clase como lo has hecho.–– Dijo el profesor con cara de pocos amigos.
––Lo es, pero el director aún no está al tanto. Vas a ser uno de los primeros en saberlo.–– Le hizo un gesto para que le siguiese y hablar cerca del ventanal.
El chico joven dio por terminada la clase mientras los otros dos hombres hablaban y se contaban confidencias. Los alumnos empezaron a levantarse de sus asientos y a salir por la puerta haciendo bastante ruido.
Cuando el último de los alumnos se marchó, el joven caminó hacia los otros dos hombres y se unió a la conversación.
—….Como hemos podido llegar a esta situación, Monroe. Es técnicamente imposible que ocurra algo así.––Le dijo al otro. Tenía una pose rígida, como si estuviese a punto de ser empujado de un puente.
––No lo sé. ––Señaló el hombre de ojos negros al joven que ya estaba al lado de ambos –– Tú, Estévez, ve y dile al director que se han llevado información de una única línea temporal. Cuentale todo lo que te ha dicho Rodríguez. No hay tiempo que perder.––Hizo una pausa y continuó hablando, pero esta vez alzó más la voz y sonando mas rudo de lo que pretendía––Y que no se te olvide mencionar de quién fue robada la información. Ahora márchate de aquí.
El joven quiso decir algo más pero el señor Monroe le hizo un gesto con la mano para que se fuera de allí y pusiese en conocimiento lo que ocurría al director.
Estévez corría por los pasillos como alma que lleva el diablo. Empujando a aquel se se cruzara en su camino. Se mantuvo así, corriendo y empujando, hasta que llegó a la puerta del director y pudo parar para coger aliento antes de llamar a la puerta.
––¡Joder!––. Estaba jadeante y se pensó un largo rato si llamar o darse la vuelta para marcharse por donde había venido.
Tenía miedo. Miedo de no saber cómo iba a reaccionar el director, nunca se habían enfrentado a algo así. Además el director tenía fama de ser un hombre bastante siniestro. Apenas se dejaba ver por la escuela más allá de su despacho. Cuando por fin recobró el aliento por completo decidió llamar a la puerta y asumir las consecuencias de ser él quien diera el aviso.
––Puedes pasar––. Se oyó la voz del director al otro lado.
Estévez entró con suma cautela. No había visto al director más que tres veces desde que estaba allí. Recordaba a un hombre de pelo blanco, con cejas bastante anchas y mandíbula cuadrada. Y sus ojos. Esos grandes ojos grises que le intimidaban y le infundían un profundo respeto. También le recordaba vestido de azul oscuro, como todos los demás que estaban en la orden. Sin embargo cada uno llevaba un brazalete que le indicaba su rango dentro de la escuela. El suyo era naranja, eso indicaba que era estudiante avanzado: El color blanco era de los alumnos que acababan de entrar, naranja de los que estaban en un nivel superior por pasar de los veinticinco, verde para los graduados y morado para los profesores. El director no necesitaba brazalete.
El despacho era una habitación poco iluminada. A la izquierda tenía una enorme estantería con miles de libros que ocupaba toda la pared. A la derecha un sillón de cuero marrón, cerca de una mesa de madera oscura. En frente tenía dos sillas, un escritorio y justo detrás de éste, se encontraba el director en su silla.
––Vamos muchacho, siéntate de una vez y dime que quieres. No tengo todo el día. ––Le dijo mientras le hacía un gesto con la mano para que tomase asiento frente a él, en una de esas sillas.
Todo estaba bastante ordenado, aunque el escritorio del director tenía dos montañas de papeles que no podía dejar de mirar para evitar los ojos grisses del director.
––Siento molestarle, director, pero… ha ocurrido algo terrible y me han ordenado ponerle sobre aviso.–– Le relató Estevez mientras se sentaba.
––Algo terrible, ¿Eh?––Dijo mientras se levantaba de la silla para aproximarse a la ventana y mirar a través de ella.––Muy terrible tiene que ser para que manden a alguien de tan bajo rango a comunicarmelo. Estas cosas las suelen hacer los profesores.
––Lo sé señor, pero le aseguro que es de vital importancia que sepa lo que vengo a relatarle.
––Pues a qué narices estás esperando, habla. –– Dijo el director a punto de perder la poca paciencia que le quedaba.
––Han robado información acerca de una línea temporal. No sabemos cómo ha podido pasar. Nuestros sistemas son muy seguros y nunca hemos tenido estos problemas, han robado información de…
––Ya se de quien han robado información, muchacho. Hace un par de días vi que una de las líneas temporales estaba cambiando pero no le di mucha importancia. Es la única que ha cambiado tan bruscamente en estos últimos años.–– Interrumpió el director.
––Director, ¿Sospecha quién ha podido ser?
––Ha tenido que ser alguien de dentro. Tiene que estar relacionado con todo esto, si no jamás hubiese podido burlar nuestros sistemas.––Interrumpió lo que estaba diciendo para arrear un golpe en la pared y empezó a hacerse preguntas ––¿Cómo no me di cuenta de que algo raro estaba sucediendo? ¿Cómo he sido tan estúpido? Se supone que soy el director. ¡Maldita sea!
––Deje de castigarse, señor. Hay que pensar qué hacemos.–– Dijo Estévez para intentar calmar al director y solucionar la situación cuanto antes.
––Hay que avisarle. Debemos hacer que venga y nos ayude a averiguar quién puede querer atacar su línea temporal.
No dijo nada más y ante la atenta mirada de Estévez, se acercó a su escritorio y comenzó a escribir una carta.
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