Agua y fuego
Julen
Cuando abrí los ojos, él estaba allí. De pie junto a la ventana. Con su pelo revuelto y mojado. Se giró hacia mí y me sonrió. Solo hacía falta una sonrisa de Rayner para desarmarme por completo como lo acababa de hacer. Simplemente le miraba los labios, como los movía para formar palabras que ni siquiera estaba escuchando. Me costaba prestar atención cuando acababa de despertarme pero más aún cuando Rayner me hablaba recién salido de la ducha. Sin camiseta y con esa sonrisa. Reconozco que no soy de piedra y que ya de por sí por las mañanas tenía la sangre en otro lado, pues no ayudaba en absoluto verle de ese modo. De seguir así la sangre no subiría jamás a mi cerebro y él no podía pretender que encima le escuchara. A veces pensaba que lo hacía a propósito. Cuando Rayner empezó a caminar hasta la cama entró Estévez y me arreó con una zapatilla en toda la cara. Eso hizo que la sangre me subiera a la cabeza de golpe, reaccioné y mientras me levantaba para ir tras él, empecé a escuchar las palabras de Rayner, pero aún sonaban como un pequeño murmullo.
―¡Échales de casa, joder!―Le solté mientras me disponía a salir por la puerta. Él comenzó a seguirme.
―¿Me estabas escuchando?
En serio. Como narices se atrevía a preguntarme si le había escuchado… Me giré, olvidando a Estévez y le miré dulcemente. El me miró con el ceño fruncido.
―Vale, genial, no has escuchado absolutamente nada de lo que te he dicho...―Dijo Exasperado.
―Lo siento mucho, es que acababa de despertarme y...―Intenté excusarme como pude.
Me hizo un gesto para que le siguiera. Alcancé a Estévez y le di una buena colleja. En el fondo le estaba agradecido por sacarme del estado en el que me encontraba en la habitación. Nos sentamos los cuatro alrededor de la barra que separaba la cocina del salón y nos pusimos a desayunar. Esta vez todo lo había preparado Estévez. Que además de dedicarse a agredirme también sabía cocinar.
―¿Qué vamos a decirles a los padres de Joel?―Dijo Gara, rompiendo el silencio.
―La verdad es que no creo que vaya a ser precisamente delicado. Voy a presionarles para que me cuenten algo. Ya sé quién está detrás de todo y no creo que ellos puedan soportarlo.―Por fin Rayner estaba dispuesto a hacernos partícipes de todos sus planes. Le miré y le dediqué una sonrisa de aprobación.
―¿No dices nada, Estévez?―Dije mirándole ahora a él. Esperaba que se quejase del método de Rayner.
―¿Qué quieres que diga? Me parece bien. No sé.―Dijo Estévez sin apartar la vista de su bol de cereales.
―¿En la orden os permiten que amedrentéis a la gente? ―Dije, mirándole con una ceja alzada en señal de confusión.
Rayner soltó una carcajada, recogió sus cosas y se fue a su habitación. No sabía el motivo de aquella reacción. No me inspiraba confianza―¿Por qué se ha reído?
―Le secuestramos y se lo tomó bastante mal. ―Estévez seguía sin inmutarse mientras decía esas palabras.
―Perdón…¿Qué?―No daba crédito a lo que escuchaba. El caso es que algo me sonaba pero no estaba seguro. Ya entendía el gesto sarcástico de Rayner a la perfección. Pero no me imaginaba a Estévez secuestrando ni amedrentando a nadie. Era demasiado...¿Cordial? A pesar de los zapatillazos en la cara que había estado recibiendo desde que se lo hice a él. Teníamos una especie de pique entre nosotros pero de ahí a ver a Estévez amenazando a gente, había un trecho.
―Aun no me has visto en acción. Comprenderás algún día que te saco dos años y que si me han hecho quedarme aquí con vosotros es por algo.―Dijo orgulloso. Se fue pavoneándose por toda la cocina, se acercó a un cajón y sacó dos pistolas. Las puso encima de la mesa pequeña y después empezó a inspeccionarlas una por una a ver si tenían suficiente munición. Mi rostro se desencajó y me dirigí hacia él.
―¡Tienes dos putas pistolas en un cajón! ¿Qué cojones te han dicho que hagas?―Estaba muy alterado. La sola idea de tener que dormir con alguien que tenía armas no dejaba que viese las cosas con claridad.
―Cálmate Julen, que te va a dar algo. ―Soltó el, burlándose de mi. En ese momento apareció Rayner preguntando qué sucedía. Se había puesto la camiseta, por fin.
―¡Tiene dos pistolas en un cajón, joder!
―Ya lo sé, me dijo que si las podía guardar ahí. Lo que no me esperaba es que fueses tu el que se alterara.―Dijo Rayner mientras le dedicaba una mirada cómplice a Gara,
―A ver cuando vas a asumir que aquí el frágil es él y no yo―Dijo ella con aires de grandeza.
No sabía si sentirme ofendido, si reírme o que narices hacer. La verdad es que si que era un poco sensible a según qué cosas, pero podía vivir con ello a pesar de todo. Estévez se guardó las pistolas y decidimos salir lo antes posible.
Rayner
Cuando llegamos a casa de los padres de Joel sentí nostalgia. Un nudo en la garganta que no sabía si me iba a permitir hablar con ellos. Me traía tantos recuerdos maravillosos y dolorosos a la vez que no sabía hacia dónde mirar. Cerré los ojos y me concentré en lo que iba a hacer. Estévez se llevó a Julen y a Gara a otro lado y luego sentí su presencia cerca de mí. Los abrí y llamé al timbre con firmeza. La puerta se abrió pero no me encontré lo que esperaba.
―¿Rayner?―Me dijo aquella mujer de unos ochenta años más o menos. Era la abuela de Joel.
―Perdón por venir así de improviso después de tanto tiempo pero tengo que hablar urgentemente con Jorge y Vanessa.―Vi como la mujer cambiaba su semblante de asombro a tristeza.
―¿No te enteraste?
―¿De qué?―Empecé a frotarme las manos de los nervios.
―Murieron hace mucho tiempo. Cuando murieron los tuyos.―La mujer vio como abría muchos los ojos y le apartaba la mirada.―Me extraña que no lo supieras porque iban los cuatro en el mismo coche.
Aquello fue como si me lanzaran un jarro de agua fría. ¿Cómo que iban en el mismo coche? Ni siquiera sabía que ellos se habían estado viendo después de la muerte de Joel. «No puede ser...»
Me despedí amablemente de la anciana mujer, nos reunimos con Julen y Gara y nos dirigimos a mi casa de nuevo. Cuando llegamos nos sentamos los cuatro en el sofá, abatidos.
―¿Y si el sobre que tienes en tu cajón dice algo sobre esto?―Dijo Gara. Todos nos quedamos mirándola, extrañados.
―¿Que sobre?―Estaba un poco confundido, no recordaba ningún sobre.
Ambos nos levantamos y nos dirigimos a mi cuarto. Abrí el cajón y allí se encontraba. Junto a la foto que guardaba en la que salíamos Julen y yo. Lo cogí y nos dirigimos al salón de nuevo. Lo abrí delante suya y comencé a sacar informes y papeles que involucraban a mis padres con la orden. Y no solo a los míos sino a los de Joel también. ¿Cómo había podido olvidar que eso estaba ahí, sin abrir?
―No quise abrirlo ni mencionarlo porque pensé que te sentaría mal pero no nos ha quedado otra opción. Ponía el nombre de tu familia y pensé…
―No entiendo como se me ha podido pasar. Ni siquiera lo sabía―La interrumpí. Había hecho bien en decirlo. Aunque no sabía bien que estaba haciendo rebuscando en mis cosas. No quería pensar en aquella tontería.
―Fui yo.
Gara, Julen y yo nos giramos de golpe para mirar a Estévez.
―¿Cómo?―Soltamos los tres, al unísono.
―Si, que he sido yo. Esos papeles me los ha dado la orden y los dejé en el cajón porque no se me ocurría otro sitio donde guardarlos. Solo podía descubrirlo Rayner. ―Nos explicó.
―Necesito… necesito estar solo.―Me salía la voz con mucho esfuerzo. ¿Cómo podía asimilar algo así de golpe? Los tres me miraron y me hicieron un gesto en señal de comprensión. Se dirigieron a la cocina y antes de que Julen llegara hasta ellos le agarré de la mano.
―Tu no.―Alcancé a decir. Necesitaba estar solo pero a la vez necesitaba que él se quedase a mi lado y me abrazara. Sentía que si no hacía eso no lo iba a poder soportar. Sin soltar su mano le llevé a mi cuarto y dejé el sobre en el escritorio. le miré y me abracé a él. Le abracé con fuerza, como si fuese a hacer algún gesto para escapar. Él me rodeó la cintura con los brazos. Notaba como sus latidos seguían el ritmo de los míos. Escuchamos el tintineo de las gotas al caer en la reja de la ventana. La había dejado abierta antes de irnos porque hacía un sol increíble pero de repente comenzó a nublarse al venir y al final había terminado por llover.
―¿Lo recuerdas?―Le susurré al oído.
―Cómo podría olvidar algo como eso.―Me dijo mientras alzaba un poco la cabeza para mirarme. Nos entendíamos perfectamente. Sin dejar de abrazarme, metió su mano izquierda en el bolsillo y sacó un llavero. Me lo enseñó.
―El kanji de agua...―Asintió y se separó de mí para desengancharlo del llavero.
―¿Recuerdas cuando me preguntaste por mi tatuaje del cuello?―Me dijo sin apartar la vista de lo que estaba haciendo.
―Si, lo recuerdo…
―Significa fuego.―Dijo mientras me agarraba la mano y me ponía el kanji de agua en ella.―No he podido olvidarte en estos seis años, Rayner. Lo he intentado, de veras que lo he intentado pero…―Hizo una pausa, le estaba costando seguir con aquella explicación pero finalmente continuó―Tu naciste en el mes de Aries. Signo de fuego. Eso es lo que despiertas en mí. Un fuego incontrolable del que no puedo desprenderme. Solo puedo dejarme llevar y quemarme contigo. Somos Agua y Fuego. Por eso quiero que tengas eso tu.
Cerró la mano con la que sujetaba el kanji y me lanzó aquella mirada dulce que solía poner cada vez que quería que me derritiera ante él. No podía creerlo. Se había tatuado aquello por mí. Y ahora me estaba ofreciendo el kanji que le había regalado antes de nuestro primer beso. Sentía mi corazón latir con tanta fuerza que no escuchaba otra cosa. Me lo guardé en el bolsillo y le empujé para que cayera en la cama. No podía más. Tenía que besarle. Tenía que besarle como él había hecho años atrás conmigo debajo de aquel andamio y calados hasta los huesos. Me senté encima suya y deslicé mis dedos por debajo de su camiseta. Podía notar como su respiración se entrecortaba. Me fui acercando a él lentamente hasta que mis labios rozaron los suyos, le agarré la cara y busqué su lengua con la mía. Me estaba dejando llevar. Nuestros labios se unían cada vez más fuerte y nuestras lenguas se buscaban con más ansia. En los descansos entre beso y beso le costaba respirar de lo agitado que estaba. Yo no estaba mucho mejor que él. Noté como sus manos se metían por dentro de mi camiseta y me acariciaba la espalda, pero sus caricias me pedían más y más pasión. Nos estábamos dejando llevar. Había pasado mucho tiempo pero a la vez era como si no hubiera hecho mella en nosotros. Estaba sintiendo las mismas sensaciones que el primer día que nos besamos. Y queríamos más el uno del otro. Me recordó también la primera vez que estuvimos juntos en su casa. Yo estaba asustado y él me dijo que no me preocupara. Antes eramos dos novatos descubriendo el cuerpo del otro por primera vez. Pero ya no lo éramos. Bajé mis manos hasta su pantalón y se lo desabroche como pude. No podía dejar de besarle. El me agarró la cara y no me dejaba que me apartarse ni un centímetro de él. Pero cuando metí mi mano por dentro de su bóxer me la agarró para que parase e hizo que me apartara de encima. Estábamos los dos jadeantes por la intensidad del momento. Se incorporó y se quedó sentado mirando al suelo.
―¿Qué pasa?―Le pregunté.
―No creo que esto sea buena idea… Me he dejado llevar por el momento pero no soy tu juguete.
Su comentario se me había clavado como si me hubieran metido un puñetazo en el estómago. ¿A qué venía eso? Toda la complicidad que teníamos en aquel momento se había ido de un plumazo.
―¿Por qué dices eso?―Dije mientras me acercaba a él. Le acaricié el pelo.
―¿No te acuerdas el modo en el que me dejaste? Primero te acuestas conmigo por primera vez, me dices que me quieres y luego de repente no quieres seguir conmigo y me dejas en el parque donde solíamos ir cuando nos conocimos. Fue bastante humillante.―Me apartó de un manotazo. No quería que le siguiese tocando.
―¿En serio piensas que me voy a acostar contigo y después voy a volver a apartarte de mi lado?―Mi voz sonaba cada vez más fuerte. Se giró y su mirada me lo dijo todo. No se me ocurrió otra cosa que volver a besarle.―Te prometo que voy a intentar comprenderte mejor. Y si no quieres nada conmigo pues perfecto. Lo voy a respetar.― Me alejé de él, me levanté y antes de dirigirme hacia la puerta me agarró de la mano.
―Lo siento. Se que te lo has tomado mal. Pero ahora necesitas apoyo y no pienso dejarte solo. Me has pedido que te acompañe y eso voy a hacer, pero nada de...
―¿Entonces vas a dormir conmigo como todos los días?―Le dije mientras él se levantaba y me dedicaba una sonrisa.
―Por ahora solo dormir, pero no me importa que me des esos besos tan apasionados como los de antes, si aun tienes ganas―Le miré confundido. No sabía qué era exactamente lo que quería de mí. Pero al menos me dejaría robarle besos de vez en cuando. ¿Eso significaba que éramos novios?
―Solo besos apasionados, perfecto.―Me eché a reír y él hizo lo mismo al verme a mí y se tumbó de un salto en la cama. Me agarró, hizo que me tumbase a su lado y se quedó abrazado a mi todo lo que quedaba de día.
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