Acercamiento
Después de escuchar aquellas palabras, Rayner no se movió. No podía apartar su mirada de aquel chico que se encontraba frente a él con una agradable sonrisa.
«¿Qué hace él aquí? Precisamente ÉL.» Pensó. Se frotó los ojos. Era real. Solo tenía ganas de tocarle para no tener ninguna duda de que todo lo que estaba sucediendo no era un sueño. Un mal sueño del que quería escapar….o quizá no.
Aquel chico seguía ahí, obstaculizando la puerta. En silencio. Estaba esperando a que Rayner reaccionase.
Había cambiado mucho desde la última vez que le había visto. Ahora llevaba el pelo prácticamente blanco y casi tan largo como lo llevaba él. Lo tenia liso, tan liso y pegado a la cara como si acabase de salir de una piscina. Era más bajo, unos centímetros que apenas se notaban. Pero lo único que recordaba Rayner y que jamás había podido olvidar eran aquellos ojos entre color miel y amarillo.
Tardó un par de minutos más en poder volver a respirar sin que le doliera el pecho, tenía una sensación de ahogo, miedo y angustia. Como si estuviese en medio del océano y alguien agarrase su cabeza y le obligase a permanecer sumergido.
—Qué haces aquí—Pudo decir al fin.
—¿No te alegras de verme? —Soltó el otro. No podía parar de sonreír, pero esta vez su sonrisa pasó de ser una sonrisa agradable a una un tanto más siniestra.
—Eres la última persona que esperaba encontrarme aquí.—Dijo Rayner, empujando al chico que se encontraba, ahora, apoyado en el marco de la puerta.
—¿Donde se cree que va, O’connell?—Sonó la voz del director.
Rayner giró sobre sí mismo para cruzar una mirada con aquel hombre viejo de pelo blanco. Adoptó una pose desafiante, amenazadora. Quería hacerle ver que no tenía ningún poder sobre el, que no le tenía miedo y que saldría de allí cuando y como quisiera.
—¿Me va a impedir regresar a mi casa? Pensé que estaba todo hablado.
—Necesitamos su ayuda. Por favor, pase aquí la noche y mañana lo verá todo de otro modo. —La voz del director sonaba como una súplica. Pero al ver el rostro de desaprobación de Rayner, añadió—Al menos deje que intente explicarlo mejor.
Rayner, acorralado, decidió volver a acercarse al escritorio del director y escuchar atentamente. El chico de pelo blanco hizo lo mismo y se posicionó al lado de éste.
»Por increíble que parezca, viajar en el tiempo es posible. Somos una organización bastante pequeña, nos ocupamos de proteger las líneas temporales, entrenando a muchachos en esta escuela. Aquí no entra cualquiera, nadie sabe de nuestra existencia. Si esos muchachos entran aquí es porque son descendientes de los primeros que fundaron esta orden.«
—¿Y a cuento de que me necesitan precisamente a mí, para hacer algo como eso?¿No se supone que me acaba de decir que entrenan a gente para ello?—Interrumpió Rayner. Seguía sin comprender por qué le necesitaban si era todo tan secreto.
—Que le hayamos pedido ayuda no es casualidad.—Prosiguió el director— Tenemos un motivo de peso que en cierto modo nos impide solucionarlo nosotros mismos sin tener que meterle en todo esto. Hay cosas que quizá le vengan grandes, O’connell. Por lo que estoy viendo, es un muchacho bastante impulsivo. Debería pararse a pensar un poco más las cosas y ver que todo lo que le estoy contando es cierto. Solo tiene abrir un poco más la mente. Sea receptivo. No sabe hasta qué punto está en peligro. Toda su vida depende de que averigüe qué clase de información acerca de su línea temporal han robado y, lo más importante, que encuentre a la persona que ha robado esa información.
—¿Y tengo que ayudar así por las buenas? ¿Sin que pueda darme más explicaciones? No pienso acatar las órdenes de nadie. Me voy a casa y no hay más que hablar.—Dijo Rayner mientras se dirigía hacia la puerta.
—Quédate. Por favor. Además tenemos muchas cosas de las que hablar tu y yo—Dijo el chico de pelo blanco, cogiendo el brazo de Rayner con bastante brusquedad.
—Yo no tengo nada que hablar contigo—Dijo Rayner, moviendo el brazo con tanta fuerza que al otro no le quedó más remedio que soltar a su víctima.
Rayner salió del despacho no sin antes echar una mirada repleta confusión al chico de pelo blanco. Tenía así sentimientos contradictorios hacia el que hasta hace un momento le había agarrado del brazo.
Corría por los pasillos, perdido. Buscaba la salida de aquel edificio. Se sentía enjaulado como cuando tenia que ir a aquel dichoso instituto. No quería volver a sentirse así. Era libre. Pronto tendría su trabajo, tenía su casa y su vida. No quería problemas y tampoco se sentía con las suficientes fuerzas como para volver a ver aquellos ojos de tonalidades amarillentas. Esos ojos que le habían perseguido durante seis largos años. Una de las cosas que más le atormentaba era recordar aquella mirada, eso y….
Se paró en seco. Jadeante. Escuchó unos pasos. Había estado tan absorto en sus pensamientos que no se había percatado de que alguien le seguía. notó como los pasos estaban cada vez más cerca, tan cerca que pudo sentir una respiración en su nuca. No podía moverse, o mejor dicho, no quería moverse. Cada año había deseado volver a encontrarse con él. Lo había deseado con todas sus fuerzas, pero aquel esperado momento nunca sucedía. Llegó un momento en el que su recuerdo quedó en el olvido. Hasta aquel mismo día, el día en el que se habían reencontrado.
—Tengo que explicarte muchas cosas. Pero por favor, quédate y hagamos esta misión juntos.
La voz resonaba cerca de su oído entre algún que otro jadeo por la carrera pero sin perder una pizca de sensualidad. Sabía perfectamente de quién era aquella voz. El chico del pelo blanco…
—Está bien, pero mas vale que lo que tengas que contarme sea un poco más creíble que lo que he escuchado en ese condenado despacho.
«Como he podido aceptar, pero ¿acaso me he vuelto loco?» Pensó Rayner.
Así permanecieron seis o siete minutos. Inmóviles, con la mirada fija en el suelo y cerca, tan cerca que escuchaban los latidos del corazón del otro. Les pareció un suspiro de segundos.
—Oh, estáis aquí. Os he estado buscando. El director quiere que os lleve a vuestros cuartos.—Dijo Estévez, que acababa de llegar.
Ambos chicos le fulminaron con la mirada pero al final, los tres se encaminaron hacia los dormitorios.
—Bien, aquí estamos, este es el tuyo….—Dijo Estévez, abriendo la puerta del dormitorio a la izquierda y acto seguido el de la derecha.—Y este es el tuyo.
Los pusieron uno al lado del otro. Estaba claro que querían mantenerlos vigilados. El chico del pelo blanco fue el primero en entrar en su cuarto y se quedó agarrado al pomo, Rayner hizo lo mismo, entrando en el suyo, imitando cada uno de los movimientos del otro. Los dos cerraron la puerta a la vez y Estévez tuvo que tragarse todo lo que iba a decir,
—Son los dos iguales, podrían haber traído gente más amable….—Su voz sonaba con un tono de indignación.
Rayner escuchó los pasos de Estévez alejándose de la puerta. Soltó un suspiro medio ahogado. Estaba agotado. Se apoyó en la puerta y se dejó caer hasta quedar sentado. Cerró los ojos y disfrutó por un momento del silencio que había en aquel cuarto. No quería hacer nada más que estar allí sentado, sin pensar en nada. Poco a poco le empezaba a recorrer un estado de extrema relajación, haciendo que se escurriera hacia un lado y se quedase hecho un ovillo en el suelo. Y allí mismo, al lado de la puerta, en el suelo, el sueño le venció.
No hay comentarios:
Publicar un comentario