lunes, 20 de julio de 2015

Capítulo 25


Protección

Rayner


Abrí despacio los ojos y poco a poco el resplandor que entraba por la ventana me iba cegando. Al poco mi visión empezaba a acostumbrarse a la luz y sin girarme, moví la mano en busca del cuerpo de Julen a mi lado. Por más que estiré el brazo no logré encontrar ni rastro de él. Me giré y vi que su lado de la cama estaba vacío. Me incorporé y froté los ojos. Aún me encontraba algo aturdido, me levanté y salí del cuarto, rumbo al salón.


Cuando llegué me encontré a Gara y a Estévez desayunando, pero no había ni rastro de Julen, me estaba empezando a inquietar un poco.


—¿Habéis visto a Julen? —Pregunté a la vez que me fijaba en sus rostros confusos. Ambos negaron con la cabeza y me dispuse a desayunar junto a ellos.


—Me parece raro que no esté contigo—Dijo Estévez mientras se untaba mantequilla en una rebanada de pan y se la llevaba a la boca.


—Seguramente esté en el baño o habrá salido temprano a pasear. —Añadió Gara. Estaba intentando tranquilizarme, se le notaba más animada y le sonreí.


Terminamos de desayunar y me dirigí hasta el cuarto de baño de la planta baja pero no había ni rastro de él. Busqué y busqué por toda la casa y nada. Cada vez estaba más nervioso.


—¿Cuándo fue la última vez que le viste? —Decía Estévez mientras salíamos por la puerta principal.


—Desde anoche que salió fuera a fumar. Luego me quedé dormido y no me enteré de nada. —Le miré confuso, alzando una ceja.


Estévez se agachó y vio lo poco que quedaba de un cigarro aplastado contra el suelo. Imaginamos que sería suyo, bajamos las escaleras del porche y nos dirigimos hasta el coche. Antes de llegar Estévez se fijó en una zona justo al lado de unos matorrales y madera cortada. Nos acercamos y vimos unas marcas en el suelo como de arrastre y uno de los troncos más finos que había, partido por la mitad, justo al lado de las marcas. Estévez y yo nos miramos con los ojos bien abiertos. Intenté echar a correr en la misma dirección del rastro pero Estévez me agarró del brazo y me llevó hasta la casa.

Gara


Me encontraba un poco mejor que el día anterior. Había estado hablando con Estévez un par de horas antes de irnos a dormir. Me había animado el poder hablar con alguien de todo lo que sentía. No había tenido fuerzas para estar bien con Rayner y sabía que era solo culpa mía y de nadie más. Él no tenía la culpa de no haber dejado de amar a otra persona. Por eso intenté alejarme de él para no tener que sufrir, había estado dándole vueltas desde que les vi juntos tan íntimamente y lo único que me dijo Estévez fue “Quizá no te haya dolido que él esté enamorado de Julen, sino que tú no tienes a alguien que te quiera tanto como se quieren ellos dos”. Ya había visto cómo se miraban, la de veces que habían estado a punto de besarse y solo me había sentido realmente mal cuando les había visto acariciarse y no por el acto en sí, sino por la forma en la que lo hacían. Eso era lo que buscaba cuando me acostaba con Rayner. Caricias repletas de amor y cariño y solo las había obtenido vacías. Quizá tuviera razón y a pesar del respeto que me daba Estévez y de su juventud (apenas me sacaba dos años), siempre tenía las palabras apropiadas para cada ocasión.

Me sacó de mis pensamientos el estruendo que hicieron al entrar en la casa. Apenas podían respirar de la carrera y los nervios. La cara de Rayner reflejaba preocupación y empecé a ponerme nerviosa yo también. Se separaron y Estévez me hizo un gesto para que le siguiera.


—Esto no me gusta—Me dijo mientras nos dirigíamos a su habitación. Vi como empezaba a sacar dos maletines de debajo de la cama y sacaba dos navajas de los cajones. Una de las pistolas la sacó de debajo de la cama pero estaba de una forma estratégicamente para cogerla en caso de emergencia. Otra la llevaba cerca de su cuerpo.  


—¿Ya están todas? —Le pregunté. Inocente de mí.


—Qué va, me quedan cuatro más. Tengo una en el salón escondida, otra en el baño, en la habitación de Rayner y Julen... —Hizo una intensa pausa que se me hizo eterna— ¡Ah! y en la tuya.


Le miré con los ojos bien abiertos. El respeto que le tenía se estaba convirtiendo poco a poco en miedo. Estaba comenzando a asustarme de verdad.


—Vamos muévete, tenemos que reunirnos con Rayner y tengo que llamar a la orden. —Me dijo mientras me empujaba para que me diese prisa en salir.


Bajamos y Rayner se encontraba hecho un manojo de nervios. No paraba de morderse las uñas y de andar de un lado para otro. Me acerqué e intenté que se sentara pero no quiso hacerme caso. Observamos con atención cómo Estévez llamaba por teléfono y se quedó junto a nosotros, puso el manos libres y sonaron tres tonos antes de que alguien lo cogiera.


—¿Qué pasa? —Sonó la voz de Monroe al otro lado de la línea.


—Julen no está—Dijo Estévez intentando sonar lo más sereno posible.


—Vale, Estévez, ¿y a mí qué me cuentas? No necesitáis pedirme permiso para hacer cualquier cosa…


—No lo estás entendiendo. Que no está, joder. Sospechamos que se lo han llevado a la fuerza y hay algo más…


—Id a la orden. Os espero allí. —Nos ordenó.


No sabía si era por lo último que había dicho o simplemente se asustó por lo de Julen, el caso es que recogimos todas las cosas y salimos de allí lo más rápido que pudimos.


Julen


Miré a mi alrededor pero todo estaba oscuro y no lograba distinguir nada. Solo escuchaba dos voces que no paraban de discutir. Intenté moverme pero solo podía escuchar el crujir de unas cadenas. Me encontraba sentado con las manos detrás del asiento. Apenas recordaba lo que había ocurrido. Tenía pequeños momentos de lucidez pero la mayoría de veces sentía como si solo hubiera sido un sueño.


—Envía el puto mensaje de una vez—Ordenó la voz de una mujer.


—Deberíamos soltarle, esto no nos lleva a ninguna parte…


La otra voz era la de un hombre, era bastante grave y se le notaba con un toque de ansiedad. Reconocía las voces pero no lograba centrarme y no podía ponerles nombre.


—Hay que conseguir el bolígrafo, deja ya de lloriquear. —La voz de la mujer sonaba firme y fría.


—Pues haber entrado y haber cogido ese dichoso bolígrafo. No había necesidad de hacer esto.


Ella soltó una carcajada.


—No lo entiendes todavía—Hizo una pausa y oí unos pasos alejándose—No solo quiero el bolígrafo, sino que sufran. Y esta opción es simplemente mejor. Si solo quisiera ese dichoso objeto te habría mandado a robarlo y ya está, ¿no crees?


—Eres una cría todavía, no sabes lo que haces pero no voy a…


—Manda ese mensaje, por favor—Dijo ella. Ahora su voz sonaba sensual y embriagadora.
Volví a escuchar pasos y el sonido de una puerta al cerrarse.


—Estamos solos. —Ahora sonaban otros pasos y se dirigían hacia mí. Los podía escuchar cada vez más cerca hasta que la voz de la mujer susurraba en mi oído— Solos tú y yo.
Me recorrió un escalofrío por la espalda. Ya reconocía esa voz. Sabía quién era la persona que se encontraba en el mismo lugar que yo.

Iraida.


Ella tiró de la tela que cubría mi cabeza y cerré los ojos por instinto. Cuando los abrí la pude ver observándome con esa sonrisa siniestra que tenía dibujada en su rostro. Tenía los ojos pintados de negro, enmarcándole bien el contorno. Llevaba el pelo despeinado, rubio. A la altura de los hombros. Por un momento me pareció estar delante de Joel. Recordaba cómo en ocasiones le daba por robarle el maquillaje a su hermana y hacía que nos pintásemos los ojos y vestirnos completamente de negro. Una de las manías de Joel por parecer alguien siniestro. No necesitaba todo aquello para aparentar ser una persona desequilibrada. Él ya lo era sin necesidad de pintarse los ojos ni nada parecido.


—Qué es lo que pretendes—Le solté sin quitar mi gesto de repulsión.
Se echó a reír de nuevo. Estaba comenzando a pensar que ella estaba aún más desequilibrada de lo que llegó a estar su hermano.


—Solo quiero tenerte aquí, conmigo. Como siempre he deseado—Dijo mientras acercaba su mano y me tocaba el pelo. Hice un movimiento brusco con la cabeza para que dejara de tocarme.


Se acercó aún más. Alzó una pierna, la pasó por encima de las mías y se sentó. Sus muslos rodeaban mis caderas y tuve que alzar la vista para poder mirarla a los ojos. Ella me dedicó otra de sus siniestras sonrisas, me tiró del pelo y me besó a la fuerza. No iba a permitir que jugara conmigo, así que dejé que se confiara, hice que bebiera de mis labios y cuando menos se lo esperaba mordí con todas mis ganas. Ella no paraba de tirar de mi pelo con más fuerza que antes, para que la soltara. Notaba como mi boca se llenaba de su sangre. No quería soltar. No quería…


Al final me quedé sin fuerzas y ella se apartó de mí casi de un salto. Se llevó la mano a la boca y se miró la mano. Llena de sangre de sus labios. Me echó una mirada llena de ira, se acercó y me arreó un puñetazo que hizo que se me partiera el labio. Ahora era mi propia sangre la que saboreaba.


—No pienses que lo vas a tener tan fácil conmigo, estúpida.—En mi voz se podía reflejar todo el odio que sentía.


Su risa volvió a taladrar mis sentidos.


—No me subestimes tu tampoco, Julen. Ya no tengo nada que perder.


Salió al pasillo apresuradamente e hizo llamar a alguien. Llegó el dueño de la voz que había escuchado antes. Traía consigo un puño americano.


—Intenta no darle en la cara. Me gusta su rostro tal y como está. —Dijo Iraida mientras acariciaba el brazo del hombre.


Le conocía.


Le reconocí enseguida que entró por la puerta. A pesar de no reconocer su voz a la primera no se me había olvidado su cara. No podía creer lo que estaba viendo… Ella se acomodó en una silla mientras nos apuntaba con el móvil. Posiblemente para grabarlo todo.


—Qué considerada eres. —Le dije con sarcasmo.


—Lo sé. No me des las gracias. —Dijo ella mientras me lanzaba un beso.


Miré a aquel hombre que no pasaba de los cuarenta y dos años.


—¿Cómo has podido traicionarlos de este modo?


—No te metas. Tú no entiendes nada…—Me dijo él, no era capaz de mirarme a los ojos y me apartaba la mirada.


Alzó el puño y antes de que me pegase le grité para llamar su atención. Se quedó en la misma pose, como en una imagen congelada.


—¡Monroe, por favor! —Volví a gritarle. Seguía sin moverse. Iraida le llamó y le dio ánimos para que me pegara.


No entendía que es lo que tenía esa mujer para que Monroe hubiese traicionado a los suyos y me fuera a dar una paliza solo porque se lo estaba pidiendo. Era evidente que ella disfrutaba con todo aquello solo con mirarla como se mordía el labio al mirarme, me dedicaba gestos obscenos y no paraba de tirarme besos. Todo aquello me estaba inundando de una sensación de rabia. Tan profunda que si no me hubiese encontrado atado habría intentado agarrarla del cuello y estrangularla. Yo no era así, ese sentimiento de impulsividad era más típico de Rayner, pero esa mujer me recordaba a Joel y eso a la vez me hacía recordar lo que me había hecho. Era superior a mí. Me sacaba de mis casillas.


Monroe lo único que despertaba en mí era un sentimiento de decepción y una imagen se me vino a la mente. Justo el momento en el que me acerqué a él cuando apareció de entre los árboles.

Que tonto había sido.


Noté los golpes de Monroe una y otra vez mientras ella grababa con gesto divertido. Solo paró cuando ella se lo ordenó. Me costaba un poco respirar pero solo podía pensar en que si ese video iba a acabar en manos de Rayner. Él no iba a actuar como yo y no se conformaría con agarrar del cuello a Iraida y dejarla inconsciente. Él era capaz de muchas más cosas que me daban un miedo atroz. No quería ver a Rayner en esa situación. No después de la ira que había acumulado hacia Joel por culpa de mi secreto.


—Se acabó por hoy, a ver si mañana se encuentra con más ganas de colaborar. —Dijo ella mientras se levantaba. —Y ahora enviemos este video, seguro que a Rayner le encanta. ¿No te parece?


Fijé mis ojos en ella. Lo iba a hacer...le iba a mandar el vídeo. «Por favor, Rayner, no te dejes cegar por la ira...» Pensé.


Se acercó a mí y no contó con que tenía los pies desatados. Le solté una patada en la rodilla y soltó un grito. Cuando se le pasó un poco el dolor me lanzó una bofetada, después me agarró la cara e hizo que la mirase a los ojos.


—Estás jugando con fuego. Pero te voy a bajar los humos, créeme que sí. —Me aseguró.


—Eso lo veremos—La desafié.


Soltó una de sus carcajadas y salió del cuarto justo detrás de Monroe, dando un portazo.

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